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Keywords:

  • agrarianism;
  • biodiversity;
  • conservation goal;
  • ecological processes;
  • environmental justice;
  • land health;
  • nature and culture;
  • soil fertility
  • agrarismo;
  • biodiversidad;
  • fertilidad de suelos;
  • justicia ambiental;
  • meta de conservación;
  • naturaleza y cultura;
  • procesos ecológicos;
  • salud de la tierra

Abstract: Broadly conceived and considered in its many usages, sustainability has grave defects as a planning goal, particularly when used by conservationists: it confuses means and ends; it is vague about what is being sustained and who or what is doing the sustaining; it is uninspiring; it is little more than Pinchot-era conservation (and thus ignores the many lessons learned since then); it need not be linked to land, to the land's functioning, or to any ecological science; it need not include a moral component; it is consistent with the view of humans as all-powerful manipulators of the planet; and, in general, it is such a malleable term that its popularity provides only a facade of consensus. When sustainability is defined broadly to include the full range of economic and social aspirations, it poses the particular risk that ecological and biodiversity concerns will be cast aside in favor of more pressing human wants. Given these many defects, the conservation movement should discard the term in favor of a more alluring goal, attentive to nature and its ecological functioning. A sound goal would incorporate and distill the considerable ecological and moral wisdom accumulated since Pinchot's day while giving conservationists the rhetorical tools needed to defend the land against competing pressures. In our view, conservation would be well served by an updated variant of “land health,” Aldo Leopold's ecologically grounded goal from the 1940s. Land health as an independent understanding should set the essential terms of how we live and enjoy the earth, providing the framework within which we pursue our many social and economic aims.

Resumen: Ampliamente conceptualizada y considerada en sus múltiples acepciones, la sustentabilidad tiene graves defectos como una meta de planificación, particularmente cuando es utilizada por conservacionistas: confunde medios y fines; es vaga en cuanto a lo que será sustentado y en quien o que esta siendo sustentable; es poco inspirante; es poco más que conservación en la era de Pinchot (y por tanto ignora las muchas lecciones aprendidas desde entonces); no necesita ser ligada a la tierra ni a su funcionamiento, ni a ciencia ecológica alguna; no necesita incluir un componente moral; es consistente con la visión de los humanos como manipuladores todopoderosos del planeta; y, en general, es un término tan maleable que su popularidad proporciona solo una fachada de consenso. Cuando la sustentabilidad es definida ampliamente para incluir toda la gama de aspiraciones económicas y sociales, se presenta el riesgo particular de que los intereses ecológicos y de biodiversidad sean hechos a un lado a favor de deseos humanos de más presión. Dados estos muchos defectos, el movimiento conservacionista debería descartar el término a favor de una meta más atrayente, atenta de la naturaleza y su funcionamiento ecológico. Una meta acertada incorporaría y destilaría la considerable sabiduría ecológica y moral acumulada desde los días de Pinchot y proporcionaría herramientas retóricas necesarias para defender a la tierra de presiones competitivas. En nuestra visión, la conservación estaría bien servida con una variante actualizada de “salud de la tierra,” el objetivo ecológicamente basado de Aldo Leopold en los 1940s. La salud de la tierra como una comprensión independiente debería fijar los términos esenciales de cómo vivimos y disfrutamos la Tierra, proporcionando el marco en el cual perseguimos nuestras múltiples metas sociales y económicas.